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De lo que podría haber sido y nunca fue
Sumergida en un baño de oro por el sol a medio caer entre los morros de la ciudad. Deambulo sin rumbo y me dejo arrastrar por los sonidos de la calle. Un local con apenas puerta, sólo ventanas por donde entrar como la luz lo hace: entra lo besa todo y sale solo para volver a entrar. Música en directo. Me siento en una esquina y me olvido de todo lo que no tenía en la cabeza. Me apetece bailar pero me inclino a escuchar. Cierro los ojos y dejo que los sonidos me abracen. Penetran por mis oídos hasta acariciar mi alma y susurrarme al oído algo que no consigo percibir. Oigo los latidos de mi corazón como hace tiempo que no los oigo y las lágrimas acompañan en mi rostro una sonrisa difícil de descifrar. Talvez de nostalgia al recordar que estoy lejos de lo que siempre he llamado hogar. Talvez de plenitud. Abro los ojos y miro a mi alrededor. La luz es algo más ténue y hay pocas personas. Una mujer comparte su mirada conmigo durante unos segundos y me sonríe. Son de esos segundos en los que el tiempo se para sin más. Qué sonrisa radiante. Las lágrimas han llegado hasta mi pecho descubierto y han calmado mis inhalos. El compás me lo recita, su sonrisa me lo repite, me siento en casa. Podría perseguir la música y no llegaría nunca a su fin. Rio de Janeiro. Y fuera donde fuera, me diría que no estoy sola. Que todo va a dar cierto. Y sentiría, quizás por primera vez, que estoy más cerca de mí misma de lo que jamás he llegado a estar.

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